¿El desempeño es sólo la medida de nuestro «hacer»?
Hace más de 25 años trabajo en empresas industriales y he pasado por un montón de “evaluaciones de desempeño” (casi una por año!) y siempre quise entender profundamente qué encerraba esa palabra, y también como mejorarlo.
Y después de muchas experiencias vividas tengo esta idea para compartirte: mejorar el desempeño laboral no tiene tanto que ver con sumar más obligaciones, sostener más responsabilidades o vivir esforzándose para ser más eficientes.
Mejorar el desempeño tiene que ver con aprender a usar toda nuestra potencia interna.
¿Y qué es esa potencia? No es convertirse en algún super héroe o heroína. Es algo mucho más humano: integrar todas nuestras dimensiones que incluyen lo que pensamos, lo que sentimos y nuestro cuerpo que acciona. Eso que yo llamo nuestro circuito interno.
Pero… ¿sabemos hacerlo? ¿Por dónde se empieza?
Cuando hacemos foco solo en cumplir, en lo que “corresponde”, en lo que la mente dicta como correcto, terminamos viviendo en un modo que excluye al sentir.
Y cuando el sentir queda afuera, aparece la obligación: eso que sostenemos solo desde la cabeza, sin incluir las sensaciones y necesidades que viven en nosotros. Vivir en la obligación y en el deber ser, es vivir del cuello para arriba.
Ante estas ideas, la respuesta típica es: “No puedo andar haciendo lo que siento.”
Pero esa frase no habla de responsabilidad. Habla de desconocimiento profundo sobre cómo funcionamos por dentro.
Somos biología emocional antes que pensamiento
Siempre sentimos. Siempre!!
Nuestro cuerpo está preparado para responder primero desde la emoción, porque su objetivo principal es adaptarse y sobrevivir. Y recién después organiza nuestros pensamientos. Esa emoción viaja por nuestro circuito interno, enviando señales al cuerpo, en forma de sustancias químicas, para que accione y se adapte.
Biológicamente funcionamos así, pero culturalmente hemos desarrollado una enorme habilidad para no escucharnos, para poder vivir bajo la tiranía de la mente.
Porque nos enseñaron que pensar es sinónimo de inteligencia, y que sentir es una debilidad.
Pero lo verdaderamente torpe es desconocer que la química de nuestras emociones circula igual, las escuchemos o no, las gestionemos o no, seamos “fuertes” o no. Se acumula y termina convirtiéndose en síntomas. Es el lenguaje del cuerpo intentando avisarnos algo.
Y cuando tampoco escuchamos esos síntomas, buscamos silenciarlos para que el Deber Ser siga gobernando (ahora tenemos pastillas para lograrlo más fácil). Mientras tanto, las obligaciones siguen creciendo al mismo ritmo que nuestra desconexión interna.
Hasta que la energía contenida encuentra una forma más contundente de manifestarse: una enfermedad, un bloqueo, una crisis… o alguna de las tantas formas en que el cuerpo decide hacerse oír.
La mente no es el lugar de la verdad: es el lugar de lo aprendido
La mente sólo contiene ideas, creencias, historias que repetimos, aunque casi nunca validamos. Por eso no siempre son actuales, útiles o verdaderas para nuestra vida de hoy.
Hoy es clave hacer algo que nunca nos enseñaron: integrar mente, emoción y cuerpo en lugar de enfrentarlos.
En esta sabiduría de escucharnos con integridad, de unir mente y corazón, aparece la reflexión, que no es sólo pensar; es escucharnos, mirarnos y preguntarnos: ¿esto que pienso y siento, me sirve hoy?
Y ese reflexionar es nuestro verdadero poder interior.
Reflexionar es unir nuestras partes, es conocer cómo funcionan nuestros circuitos internos para actuar desde todo nuestro potencial, y no desde el deber ser.
Cuando decidimos desde la reflexión, aparece nuestro mejor desempeño.
Porque no actuamos desde la obligación ni desde el miedo que agota, sino desde lo que sentimos, lo que pensamos y lo que necesitamos hoy. Ahí aparece el verdadero potencial.
Y desde ahí, naturalmente, mejora el desempeño laboral y personal.
No porque hagamos más. Sino porque lo hacemos más integrados.
Nunca nos enseñaron nada de esto. Pero podemos aprenderlo.
No lo aprendimos en la escuela, ni en nuestras familias, ni en las ciencias duras en las que muchos nos formamos. Sin embargo, estamos a tiempo de recuperar nuestra humanidad integrada, sin tener que elegir entre razón o emoción.
Es eso, o seguir viviendo del cuello para arriba con miedo a que la IA nos reemplace.